Ella fue una sorpresa, un regalo de los Dioses del Olimpo para aquella mujer maltratada y menospreciada por no ser de la misma clase social que la pareja que escogió para pasar el resto de sus días. Ella provenía de uno de los linajes más antiguos de este mundo: el de Hera.
Antes de nacer, Poseidón, Atenea, Artemisa y Apolo le regalaron sus dones para que pudiera cumplir su misión en esta vida: cambiar la vida de las personas que conocía y así enaltecerse hasta convertirse en una diosa. Sin embargo, Afrodita, celosa de no haber sido requerida para bendecir a la niña, con la ayuda de Ares llegó antes de su alumbramiento y como castigo le dio una belleza inusual, que pocos hombres resistirían. Ares complementó este don sembrando la confusión y la crueldad en ella.
La tragedia pudo haber sido menor, pero la terquedad de su padre sentenció el camino que llevaría su vida al nombrarla Helenia. Para sellar el destino que sus padres terrenales le dispusieron, Afrodita se ofreció a ser la vigilante de la niña, prometiendo cuidarla y protegerla de aquellos que le hicieran mal.
Helenia creció como adulta. Siempre obligada a comportarse como alguien mayor, sin convivir mucho con niños de su edad, pronto aprendió el bello arte de seducir para obtener lo que deseaba, no sólo por su hermosura sino por su increíble habilidad para utilizar el lenguaje.
A pesar de ser superior a cualquiera, su odio por la vida crecía día con día, pues su corazón explotaba cada vez que un humano, en su afán de sublimarse, caía en el error; y aquella confusión que albergaba en su interior, la llevaban a cometer las torturas más despiadadas, sólo para sentir la gloria de su grandeza.
La vida le puso muchas trabas, su ira e incomprensión por la raza humana le impedían a Helenia llevar a cabo su misión. No obstante, Atenea hacía lo posible por guiarla en el camino de la sabiduría, con gran éxito.
Él era el hombre que ordenaba, y siempre tenía la razón. Su difícil vida llena de carencias lo orilló a ser precavido, reservado y calculador, características que fascinaron a Helenia desde el momento que las vio en sus ojos. Él, era un hombre capaz de enfrentar a un dios sin sentir temor. Su problema: la soberbia y el egoísmo generado por su gran capacidad de dirigir grupos.
Helenia se propuso, como la guía de las almas en pena, cambiar su actitud, mostrarle la mística que encerraba este mundo, guiarlo por el camino que siguen los semidioses y educarlo para que, en algún momento, pudiera elevarse orgulloso sobre su gente, como alguna vez lo hizo su antepasado. Pero rápidamente quedó profundamente enamorada del ser imperfecto que buscaba mejorar.
Poco tiempo de estar juntos hubo pasado cuando él decidió que estaba listo para involucrarse con una simple humana. Inmediatamente confesó a Helenia su nueva relación y le pidió que se alejara completamente de ellos, pues su belleza traería consigo muchos problemas.
Evitar los sentimientos de crueldad y muerte fue difícil para ella, ya que durante toda su vida un desaire significaba el asesinato de quien se atreviera a evitar a un ser superior.
Helenia pidió a Afrodita su ayuda, para que la hiciera la mujer más bella de la Tierra, la que ningún ser humano sobre su faz pudiera menospreciar. La diosa cumplió todos sus caprichos, sintiéndose halagada por ser la elegida para resolver el problema de la enamorada. La consigna para que él quedara prendado de ella, para siempre, sería el primer beso que le diera después de verla.
Helenia se convirtió en una delicada, graciosa y atractiva mujer, incluso era más bella que todas las diosas del Olimpo juntas. Su gallardía hacía que todos la miraran inevitablemente. Cuando se dio cuenta del poder de este cambio, corrió a los brazos de él, dispuesta a recuperarlo sin el más mínimo esfuerzo.
Él estaba solo, al ver que Helenia se acercaba todo su cuerpo se regocijó al verla. La deseó con todo su ser, la besó, la abrazó y esa misma noche la hizo suya. Sin embargo, al día siguiente la rechazó, alegando querer a su terrenal compañera.
Ese día, los dioses descargaron su furia al ver que su hija más bella había sido despreciada por un infame mortal. Sin embargo, la venganza de los dioses sobre la tierra no importó a Helenia, pues la tristeza había envuelto, ya, todo su ser.
FIN
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